¡Bienvenidas a la sección sobre sostenibilidad! Esta primera entrada es… es larga. Y puede que (claramente) densa. Pero una introducción era necesaria para poder entender ciertos matices más adelante. Por mis estudios en Ciencias Ambientales pero también por mi historia personal, la idea de la “sostenibilidad” conecta conmigo de manera especial. Hoy en día es una palabra que vemos repetida hasta la saciedad y está en boca de todas. Podríamos entonces pensar que el reto de alcanzarla está cada vez más cerca y sin embargo los datos que nos llegan cada vez son más desalentadores: las temperaturas siguen aumentando, la pérdida de biodiversidad es abismal, los océanos se encuentran al borde del colapso y seguimos perdiendo bosques y selvas. Cuando parece que la gente no podría estar más concienciada, nuestro impacto sobre el planeta y sus seres vivos se encuentra en el momento más critico de nuestra historia biológica. ¿Entonces? ¿Qué es lo que está fallando?

Para algunas de las personas que se dedican a este proyecto que es proteger la Tierra el problema se encuentra en que hemos llegado a un punto en el que los impactos ambientales son tan inconmesurables, vienen de tantos lugares y están tan alejados del control de las personas  en su día a día que no existe una forma efectiva de frenarlos. Todas somos conscientes de que prácticamente todo lo que hacemos supone daños para el medio: la ropa que compramos, la forma en que vivimos, la tecnología y la industria de la que dependemos, etc. Lo cierto es que es un planteamiento dificil de discutir, por poner un par de ejemplos muchas de nosotras recordamos la impotencia al ver el hundimiento de la petrolífera de British Petroleum en el Golfo de Méjico (o el vertido del Prestige en costas más cercanas) o los penosos más de 100.000 incendios en Indonesia en 2015.

Es tremendamente sencillo verse desconectado a nivel individual de estos desastres. Son consecuencias tremendamente lejanas, fruto de la vida que se nos obliga a vivir cuando creemos que no podemos elegir algo mejor. Como ya trataba de explicar al hablar sobre el lastre de los absolutos, esta impotencia ante la adversidad nos ha llevado a creer que o bien no hay nada que podamos hacer o bien alguien mejor que nosotras vendrá a solucionar el problema. La realidad es que no sólo se nos ha desconectado de las consecuencias negativas de nuestras acciones sino también de todo impacto positivo que como personas podamos tener.

Y es verdad que no tenemos demasiados motivos para tener esperanza: la propia Agencia Internacional de Energía ya decía en 2011 que la ventana de oportunidad para cambiar nuestro modo de vida y reducir nuestras emisiones se cerraría en 2017, los expertos de las Naciones Unidas calculan que no habrá peces en el mar en el 2050 y el Frente por el Agua de Estocolmo calcula que para el 2025 podríamos enfrentarnos a una escasez de agua potable a nivel mundial. Todas estas predicciones científicas son muy probablemente ciertas -y probablemente sean extremadamente conservadoras, como viene siendo costumbre en los organismos internacionales– y podríamos seguir enumerando puntos críticos a los que llegaremos en los próximos años (de hecho los veremos en las siguientes entradas). Pero en muchas ocasiones, ese camino de pensamiento desalentador nos lleva, como decíamos, a la misma inacción de la que se siguen beneficiando cientos de lobbies y multinacionales por todo el mundo (en otra entrada ya hablaremos más sobre ellos) y por la que se sigue destruyendo el planeta en el que vivimos.

No pretendo sobre- o infradramatizar la situación, pero no podemos ignorar la realidad. No se trata de si seremos capaces de cambiar, sino de si seremos capaces de cambiar a tiempo.

En esta ocasión no nos enfrentamos a ideas o políticas. Nos enfrentamos a realidades físicas como “recursos disponibles”, “nivel de los océanos”, “integridad de la biosfera” ó “capacidad de explotación de los ecosistemas”. Estos y otros “puntos críticos ecológicos” marcan límites por encima o por debajo de los cuales nuestras sociedades humanas no sólo se alejan del objetivo de una prosperidad socioambiental sino que se están viendo obligadas a afrontar una realidad de profundas crisis bélicas, sociales, demográficas, éticas, económicas y ambientales.

Son muy pocas hoy en día las científicas o investigadoras que hagan referencia a estos “puntos críticos ecológicos” y existen varios motivos para ello: por una parte es cierto que son muy complicados de calcular con exactitud, para cada punto intervienen decenas de factores que a su vez dependen de otros muchos elementos; pero por otra parte se debe a que este tipo de datos van profundamente en contra del que es el motor básico de nuestra sociedad: el crecimiento económico. Para gobiernos, empresas y organizaciones por igual es literalmente imposible elaborar un plan de gestión ambiental que se adecue a la necesidad de cambio urgente generada por estos datos ya que implicaría un cambio de modelo que el actual sistema productivo no permite.

Es FUNDAMENTAL que entendamos el punto histórico y físico en el que nos encontramos. Para ello hace falta una entrada exclusivamente para hablar de estos límites planetarios que podéis leer aquí. Esta realidad debe definir nuestro marco de acción en los próximos años y es en base a la cual defino a continuación la sostenibilidad.

“No se trata de si seremos capaces de cambiar, sino de si seremos capaces de cambiar a tiempo.”

Para poder entender el papel que juega nuestra elección alimentaria sobre la sostenibilidad global primero debemos definir correctamente el concepto de sostenibilidad. Tradicionalmente, en ecología, se entiende como el equilibrio a lo largo del tiempo que una especie, población u otro sistema biológico mantiene con los recursos de su entorno pero a día de hoy también se define la sostenibilidad como un movimiento o proceso de búsqueda de un ideal social y ecológico común.

Si sometemos a juicio nuestra sociedad y las de otros países imperialistas en base a esos criterios ecológicos de equilibrio con los recursos del medio es más que evidente que ni somos sostenibles ni vamos por el camino de la sostenibilidad: todo nuestro modelo de vida se basa en el abuso de unos recursos sociales y naturales que están siendo explotados no sólo dentro de lo que hemos decidido llamar “nuestras fronteras” sino también en el resto de territorios a los que históricamente oprimimos. Por otra parte si decidimos analizar ese ideal común, ese objetivo de prosperidad, nos daremos cuenta de que es completa y absolutamente subjetivo, y dependerá siempre de quién esté formulando los “principios sobre desarrollo sostenible” (frase que tristemente cada vez se despoja más de significado). El Informe Brundtland (también llamado Our Common Future, redactado en 1985 para la ONU y precursor del llamado desarrollo sostenible) sostiene por ejemplo que “la conservación de los ecosistemas debe estar subordinada al bienestar humano”, lo cual todas podemos estar de acuerdo en que, siendo un principio de gestión, deja poco espacio de mejora a una sociedad que necesita un cambio de valores urgente. También habla de “un uso eficiente de los recursos no renovables” lo que en principio parece lógico hasta que abandonas la perspectiva humana y te planteas: ¿en qué medida es sostenible para un orangután que talemos la mitad de la selva en la que vive? O para un delfín, ¿dónde esta la sostenibilidad en mantener las reservas de pesca al borde del colapso? Y por último, ¿cómo puede ser sostenible para una vaca que la violen, le arrebaten a su bebé y exploten su cuerpo? Es verdad que teóricamente ese bosque o ese ecosistema puede (o no) recuperarse del impacto (desde luego un mamífero torturado y explotado no va a recuperarse nunca). Pero debemos recordar que el ecosistema es un hogar para otros y nuestro consumo, no ya excesivo, sino en muchos casos innecesario está acabando con la capacidad de prosperar del resto de especies.

Y es aquí, en esta contradicción entre concienciación y destrucción ambiental, entre la urgente necesidad de cambio y la imposibilidad politico-económica de lograrlo y entre la incongruencia entre nuestras acciones y nuestros valores donde entra el veganismo.

A lo largo de las siguientes páginas de esta sección sobre “Sostenibilidad” vamos a ir descubriendo cómo comer peces está colapsando los distintos océanos del planeta; cómo comer vacas o cerdos está contaminando la tierra, las fuentes de agua dulce y acidificando los mares; cómo alimentar animales para nuestro consumo está detrás del fin de las mayores selvas y bosques del planeta y dejando sin agua potable a las poblaciones más vulnerables; cómo comer carne es la principal causa detrás de la desertificación de más de un tercio del planeta; y cómo cada día más de 100 especies de animales pasan a la extinción para que nosotras podamos tener un animal en nuestro plato. Y un largo y penoso etcétera. Pero sobretodo entenderemos por qué el veganismo debería ser la solución más urgente y prioritaria para poder revertir la actual violación de los límites planetarios y construir una sociedad que pueda acercarse al equilibrio ideal entre personas y naturaleza.

Aún a pesar de todo, dejemos claro algo: existe una posibilidad muy, muy pequeña de que podamos sobrevivir manteniendo el nivel de consumo de productos animales que tenemos en la actualidad. Si por algún descubrimiento tecnológico la obtención de energía dejase de ser un problema (cosa que no parece que vaya a ocurrir a tiempo de evitar la cercana situación de “colapso energético”) y Implicaría graves sacrificios ambientales y sociales, y sería un escenario muy alejado de todo lo que podríamos imaginar cuando pensamos en el futuro o en esa teórica sostenibilidad. Y desde luego, no sería para todos. Pero existe una alternativa: todos los futuros posibles se hacen mejores (si, todos, hay quien lo ha calculado) si abandonamos el asesinato sistémico de entre 1 y 3 trillones de animales al año (medida americana, 1-3.000.000.000.000 animales).

Sé que suena exagerado porque a mi también me lo pareció en su día, pero precisamente de eso va esta sección de la página. De descubrir que nuestras acciones en el día a día SI influyen en el mundo y son más importantes que nunca por el momento en el que nos encontramos. De conocer que la elección de nuestra comida no sólo tiene una brutal capacidad de cambio social sino que también tiene una repercusión ambiental tal que la convierte en el mejor instrumento para luchar por el futuro ambiental del planeta. Y es que, parafraseando a otros activistas, para los llamados ecologistas el consumo de productos animales es “el elefante en la habitación del que nadie quiere hablar”. Los impactos ambientales de los que hablaremos en las siguientes entradas son tan globales, tan destructivos y han sido tan estudiados que ya no podemos seguir ignorando esta realidad.

Si la sostenibilidad es un ideal, quizá nunca podamos llegar a alcanzarla, pero si el veganismo abre una puerta hacia la prosperidad entonces es una conversación que como sociedad debemos tener. Es una reflexión que debemos llevar a todos los ámbitos de nuestra vida. Es una decisión que como personas y como animales debemos tomar. El planeta no puede esperar más tiempo. Vamos allá.

 

 

Agradecimientos: Dr. Richard Oppenlander, por invertir su tiempo y esfuerzo en recopilar, investigar y divulgar sobre la sostenibilidad detrás de consumo de productos animales.
Fuente imagen cabecera: propia
Fuente imagen “Bosque”: keep_dreaming https://www.flickr.com/photos/62818606@N05
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