El veganismo es una filosofía de vida, fruto del reconocimiento de los derechos del resto de seres vivos. Aunque los términos vegetariano y vegano se acuñaran hace relativamente poco (en torno al 1800 y en 1944 por Donald Watson respectivamente) la práctica del veganismo se remonta a la Grecia clásica y a la India, varios miles de años antes de Cristo. A lo largo de la historia ha ido vinculada a distintas religiones ya que ningún texto budista, hinduista, adventista, cristiano, judío, rastafari o islámico incita al consumo de productos animales, de hecho, la mayoría de las religiones condenan el consumo de productos animales. Del mismo modo no tiene una relación excluyente con ningún movimiento político o artístico.

Sin embargo, mientras que durante la mayor parte de nuestra historia la razón detrás de esta forma de vida ha sido mayoritariamente el respeto hacia los animales, en las últimas décadas hemos podido empezar a ver como ganaban peso otras dimensiones del movimiento: la sostenibilidad, el impacto sobre la salud y el cambio de modelo social. Es una evolución lógica que responde a unos nuevos modelos de producción, vida y consumo y que enriquece enormemente las bases y los principios de este movimiento. Cualquier razón es buena para dar el paso hacia el veganismo, sea cual sea tu motivación, ya que producirá un efecto positivo en cualquiera de las dimensiones mencionadas.

A día de hoy se entiende el veganismo como el “rechazo a consumir cualquier producto de origen animal (lo que incluye carnes, pescados, huevos, lácteos, mieles, esponjas, lana, cuero, piel, hueso, plumas y plumón) y el rechazo hacia cualquier actitud o actividad especista”. Esta es una definición totalmente práctica que quizá se aleja de los orígenes filosóficos o religiosos del veganismo, pero que es perfectamente válida para entender el concepto.

En cuanto al vegetarianismo la definición es algo más confusa ya que no contempla consumir carnes y pescados pero no se opone al consumo de otros productos animales ni rechaza por tanto el especismo. Esto supone una incongruencia abismal en los aspectos morales, ecológicos, sociales y sanitarios pero es comprensible si se entiende el vegetarianismo como un paso previo temporal hacia un modelo vegano.

A título personal yo prefiero entender el veganismo como “la decisión de vivir causando el menor daño posible” y le añado la coletilla de “y haciendo el mayor bien del que seas capaz”. Es una aproximación mucho más cercana, por ejemplo, a la filosofía budista y permite que el veganismo se entienda como un camino, como una forma de vivir. También permite responder a uno de los argumentos más viscerales que sostienen algunas personas contra el veganismo: “Pero el veganismo no es perfecto, haces daño de otras formas”. Por supuesto. Por el mero hecho de existir ya influímos sobre lo que nos rodea, pero de nosotras depende que ese impacto sea negativo o positivo. Con el veganismo tenemos la posibilidad de elegir, lo que nos obliga moralmente a elegir la forma de vida menos dañina hacia los seres vivos que nos rodean.

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